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La ciencia después de la guerra
Convertida la guerra mundial en guerra fría, la física de partículas empezaba a envejecer pese a seguir ocupando el centro de la pesquisa por la latente posibilidad de convertir núcleos en bombas, Al mismo tiempo, una nueva ciencia empezaba a emerger. Hundida Alemania y mientras los soviéticos seguían negando la biología moderna, Inglaterra y Francia, a la cabeza de Europa occidental, gestaban las dos décadas doradas de la biología molecular.
Pero los héroes de la genética empezaban a aburrirse de sus propios logros y en 1963 Sydney Brenner, quien junto a Francis Crick descubriera el código genético, le envió una
carta a Max Perutz que resume mejor que ningún otro escrito la ciencia de las décadas que les seguirían, es decir, los últimos 40 años.
Brenner y Crick trabajaban en el célebre Laboratorio de Biología Molecular en Cambridge dirigido por Max Perutz, pionero de la cristalografía que permitiera al mismo Crick predecir la estructura del ADN, o como el y Watson lo llamaron, el secreto de la vida.
En su carta, Brenner decía esencialmente que estaban aburridos, que la biología molecular estaba obsoleta y que sólo faltaba llenar los detalles, tarea de la cual se encargarían los estadounidenses.
Nuevo camino
Proponía, además, como problemas fundamentales, el estudio del desarrollo y la neurociencia:
Hoy todos están de acuerdo en que casi todos los problemas “clásicos” de la biología molecular han sido ya resueltos o serán resueltos en la próxima década. El ingreso de un número importante de americanos y de otros bioquímicos al campo, asegura que los detalles de la replicación y la transcripción serán elucidados. Dado esto, hace tiempo que siento que el futuro de la biología molecular esta en la extensión de la investigación a otros campos de la biología, notablemente al desarrollo y al sistema nervioso. Los problemas clásicos de la biología molecular habían sido resueltos en Europa: Monod y Jacob en Francia, y Watson, Crick y Brenner en Inglaterra. La biología molecular estaba pronta para ser industrializada y los europeos querían lanzarse a la conquista de nuevas fronteras.
El patrón establecido y consolidado en los últimos 40 años (una réplica de la historia de griegos y romanos) ya estaba claro para Brenner: Europa concentrada en la gesta de las grandes ideas y EE.UU. en materializarlas en tecnología.
Un buen ejemplo es el del desarrollo de los anticuerpos monoclonales por el argentino Cesar Milstein y el alemán Georges Kohler en 1975, 12 años después de la carta de Brenner y en el mismo laboratorio. La oficina de patentes de Cambridge no los consideró de interés para tramitar una patente. Estados Unidos no perdió la oportunidad y se adelantó varios años a los ingleses en la gestión de patentes referidas al uso de monoclonales, fundamentales en el futuro desarrollo de la biotecnología.
En el otro extremo de la cuerda
O la más célebre historia del desarrollo de la computación cuyos cimientos teóricos fueron establecidos por el inglés Alan Turing, el Húngaro John Von Neumann y el Alemán Kurt Godel. Los tres fueron importados por los Estados Unidos, donde se fabricó la primera computadora.
También estaba claro para Brenner cual era la nueva frontera del conocimiento: el desarrollo y el sistema nervioso son hoy, 40 años después del día en que se escribió la carta, los dos grandes problemas de la ciencia de la vida.
Si ya desde entonces Europa generaba los cimientos teóricos y Estados Unidos apoyaba fuertemente la ciencia con particular interés en la generación de tecnologías, Japón empezaba a situarse en el otro extremo de la cuerda. Lograba un importante desarrollo tecnológico con una muy baja producción de ideas significativas en el campo de la ciencia. Los escasos 5 premios Nóbel de ciencias
(contra 191 de EE.UU. o 152 entre Inglaterra, Alemania y Francia) obtenidos por Japón dan cuenta de este hecho.
El ejemplo japonés de ingresar al primer mundo y acceder a la tecnología sin generar ciencias básicas
(o para hacerlo recién después de haber logrado cierto grado de desarrollo) fue imitado en una situación geopolítica muy distinta por España.
La conquista de la nueva ciencia
Hoy la biología molecular está completamente industrializada y los fantasmas que genera son por su industrialización y no por su novedad conceptual. Un debate mediático explotó después de que Ian Wilmut, en Escocia, clonara a la oveja Dolly.
Sin embargo, la clonación no es una noticia nueva para la ciencia: hace medio siglo, John Gurdon
(que por cierto, ahora está en Cambridge) clonaba sapos con la misma técnica con la cual Wilmut clonó a Dolly y con la que hoy se clona a vacas, ovejas, cabras, ratones y con la que pronto, tal vez, se clonen humanos.
No es extraño que la clonación, resultado de la investigación en embriología, o ciencia del desarrollo este dentro de una de las dos columnas vertebrales para la frontera de la ciencia que predijo Brenner.
A diferencia de los años 60, Japón ha sumado un considerable esfuerzo a la investigación en el campo de la clonación y se ha puesto a la cabeza en un rubro donde la maestría en la técnica es más importante que las ideas.Los japoneses han clonado terneros (9), ratones (10) (en un grupo instalado en Hawai que recientemente fue importado a Nueva York) y por primera vez clonaron un toro clonado... El clon de un clon para empezar a entender como se envejece cuando uno ha nacido de células de un organismo viejo
(NYT).
Vieja clonación
Pero la ciencia de la clonación es ciencia vieja. El campo de la ciencia que hoy promete la revolución más importante es el de la neurobiología, el estudio de los procesos mentales, de la conciencia, de la memoria, de las ideas y los sueños.
Sin miedo a pecar de obsecuente, vale la pena señalar que el principal escollo de la neurobiología de hoy estaba escrito en la carta de Brenner.
Me parece... que uno de los problemas serios es la inhabilidad de definir pasos unitarios para un proceso dado. La biología molecular fue exitosa en el análisis de los mecanismos genéticos en parte porque los genetistas han generado la idea de un-gen una-enzima, y las expresiones aparentemente compiladas de los genes en términos de color de ojo, longitud de las alas etcétera pueden ser reducidas a unidades simples que pueden ser sencillamente analizadas. La falta de definición de un objeto que sea la unidad de un pensamiento sigue siendo hoy lo que impide el gran salto de la neurobiología. Pero este gran paso puede no estar lejos.
Pese a que la reciente década cerebro no cumplió con sus promesas de entender la mente humana, la neurociencia ha quedado en un estado sumamente prolífero, no en cuanto a ideas, sino en cuanto a datos y tecnologías.